Abrió los ojos y tres toneladas le cayeron encima.
Tres toneladas de problemas, angustia, desesperación.
Apenas y con esfuerzo pudo levantarse de la cama. Se dio un baño, se secó, y las tres toneladas seguían ahí.
Salió a la calle, rumbo al trabajo, tomó el autobús de siempre y apenas pudo meter las tres toneladas dentro.
Al llegar a su destino, bajó, caminó dos cuadras y en la esquina estaba el indigente de siempre.
Al verla la tomó de la mano, la jaló y comenzó a cantar con tonada de rap, y a bailar:
“Tengo hambre y me vale madre,
No tengo dinero y me vale madre.
Tengo frío y me vale madre,
No tengo a nadie y me vale madre.
Qué bonita es la vida!! Y me vale madre!!
Me vale madre, me vale madre, me vale madre”
Se soltó y encaminó sus pasos al edificio de oficinas. Se le pegó la tonadita y la frase “me vale madre”. Sonrió, hacia una eternidad que no sonreía. “Me vale madre” resonaba en su cabeza, sonrió de nuevo. Volteó a ver al indigente y él le gritó, “Que te valga madre¡¡¡” Ahora se rió, soltó una carcajada, hacía dos eternidades que no reía a carcajadas. Iba aún riendo, cuando el portero la saludó, “Buenos días señorita” “jajajaj jajajaja me vale madre” respondió. Entró al elevador, varios compañeros junto con ella y riendo aún les fue poniendo un dedo en el pecho a cada uno diciendo: “Me vale madre jajajajaj” “me vale madre” “jajajaja me vale madre”.
Entro a su oficina, se asomó por la ventana desde lo alto y vio, junto al indigente que seguía bailando y cantando, tres toneladas de problemas, angustia y desesperación… eran suyas.
“Fueron” pensó, “ya no, y si alguien más las recoge, me vale madre! Jajajajajajaj!