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Cuentos y otras cosas.

EL CAMINANTE.

Por: Miguel Méndez M.

Tenía 38 días viajando de aventón, de raite decimos nosotros. Mil vicisitudes había vivido, un millón de cosas le habían pasado, en esos 38 días. Un día, se levantó, se desayunó, agarró una mochila y con la mirada fija, lo vieron salir del pueblo caminando. Salió de Chiapas.

Ahora estaba ya en Sonora y muy cerca de su destino. Una persona lo había levantado en la ciudad cercana.

___ Y ¿Qué haces tan lejos de tu tierra? – preguntó el del auto.

___ Pues voy a un lugar que no conozco a convivir con gente que no conozco.

___ Me imagino—dijo el chofer – pero tu tierra es muy bonita, es verde, lleno de vegetación, llueve todos los días y tienen hermosos ríos llenos de agua. En Estados Unidos no vas  a encontrar un lugar asi.

___ No voy a Estados Unidos – dijo el Caminante con toda la seriedad del mundo.

___ Ah no ? – dijo extrañado el hombre – pues ¿A dónde vas si se puede saber?

___ Si si se puede. Voy a un lugar donde también tienen un río, seco todo el año, pero que cuando lleva agua, dos o tres días al año, agua chocolatosa, ni siquiera clara,  la gente ahí, es feliz, y todos están de buen humor, y se divierten viendo pasar el agua por el río; hacen fiesta a la orilla del río, la gente lleva carne y la asan ahí y van las familias, los niños, los papás,  a los ancianos los llevan en auto para que vean el río. Todos son como hermanos, son felices esos días.  Y yo quiero saber qué se siente vivir eso. En  cambio en mi tierra, tenemos muchos ríos con mucho agua todo el año, pero no somos felices, ni nos atrae el río, lo vemos como amenaza porque se lleva nuestras casitas y las siembras.

___ Ah caray – se asombró el que iba al volante – ahora si me dejas intrigado. Yo no conozco ningún lugar así por aquí, y soy de acá de estas tierras.

 

Se hizo un silencio. El hombre se devanaba los sesos tratando de dar con aquel lugar. Cuando ya no pudo más le preguntó:

 

___ Y ¿Sabes cómo se llama ese lugar? Porque yo no, te lo juro.

___Si – dijo el Caminante – se llama Pitiquito.

 

FIN.

RIO

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UN ARGUMENTO DE PESO.

Por: Miguel Méndez Méndez

Dios lo llamó a su presencia y le dijo:

___Ya te toca nacer. Escoge unos padres y un lugar en el cual ver la luz terrestre.

No lo pensó mucho. Como que ya lo tenía decidido.

___En Pitiquito – respondió – ahí quiero nacer.

El Señor se asombró:

___ ¿En Pitiquito? Y ¿Porqué ahí? Habiendo tantos lugares hermosos en la tierra quieres nacer en un lugar que hasta a mi me cuesta trabajo recordar que existe.

___ Ah – le dijo – es que en Pitiquito se hacen las mejores, las más bonitas y más alegres fiestas patronales del mundo.

El Señor calló un momento. Era un argumento muy poderoso.

 

___ Mmmm pues si, tienes razón. Concedido – respondió el Creador.

FIN

SANDIEGO

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RENACIMIENTO

Abrió los ojos y tres toneladas le cayeron encima.

Tres toneladas de problemas, angustia, desesperación.

Apenas y con esfuerzo pudo levantarse de la cama. Se dio un baño, se secó, y las tres toneladas seguían ahí.

Salió a la calle, rumbo al trabajo, tomó el autobús de siempre y apenas pudo meter las tres toneladas dentro.

Al llegar a su destino, bajó, caminó dos cuadras y en la esquina estaba el indigente de siempre. indigenteAl verla la tomó de la mano, la jaló y comenzó a cantar  con tonada de rap, y  a bailar:

“Tengo hambre y me vale madre,

No tengo dinero y me vale madre.

Tengo frío y me vale madre,

No tengo a nadie y me vale madre.

Qué bonita es la vida!! Y me vale madre!!

Me vale madre, me vale madre, me vale madre”

Se soltó y encaminó sus pasos al edificio de oficinas. Se le pegó la tonadita y la frase “me vale madre”. Sonrió, hacia una eternidad que no sonreía. “Me vale madre” resonaba en su cabeza, sonrió de nuevo. Volteó a ver al indigente y él le gritó, “Que te valga madre¡¡¡” Ahora se rió, soltó una carcajada, hacía dos eternidades que no reía a carcajadas. Iba aún riendo, cuando el portero la saludó, “Buenos días señorita” “jajajaj jajajaja me vale madre” respondió. Entró al elevador, varios compañeros junto con ella y riendo aún les fue poniendo un dedo en el pecho a cada uno diciendo: “Me vale madre jajajajaj” “me vale madre” “jajajaja me vale madre”.

Entro a su oficina, se asomó por la ventana desde lo alto y vio, junto al indigente que seguía bailando y cantando, tres toneladas de problemas, angustia y desesperación… eran suyas.

“Fueron” pensó, “ya no, y si alguien más las recoge, me vale madre! Jajajajajajaj!

 

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LA VIDA SIN VIDA

No sabía qué hacer con su vida. En realidad siempre había dejado que la vida decidiera qué hacer con él. Y ahora de repente, la vida no quiso ya tomar más decisiones y por primera vez, tenía que hacerlo él, por ella, por su vida.

No sabía cómo. A los 65 años se conocen y se saben muchas cosas pero, qué hacer con tu vida, no, no es de las cosas que se aprendan en la escuela o en la universidad o en un manual. Y la vida estaba esperando.

Alguien le dijo “reinvéntate y manda a la chingada todo lo que has aprendido; aprende cosas nuevas”. Le agradó la idea, lo imaginó como un reto; pero en cuanto la vida, su vida, se enteró de sus planes, comenzó a molestarlo: “Ya no tienes edad,” “No es para ti, eso es para jóvenes”, “Cómo vas a tirar todo lo que sabes, toda tu experiencia, estas loco”.

En realidad la vida tenía miedo de que él olvidara cosas, de que él hiciera a un lado todo lo aprendido, porque si lo hacía, ella desaparecería, será olvidada, ya no sería necesaria y tal vez otra vida viniera a tomar su lugar.

Pero no lo dijo, no se lo dijo y se cuidó muy bien de que él no se diera cuenta.

En lugar de eso, comenzó a recordarle ciertas cosas: “¿Te acuerdas cuando eras maestro en la universidad?”, “Tan bonitas conferencias que dabas en los Congresos, te aplaudían mucho”, “Y el proyecto aquel cuando elaboraste los reglamentos y los manuales en la empresa XYZ, hasta te dieron un bono”, “Para qué vas a hacer cosas que no sabes, mejor aprovecha lo que si sabes”, ¿No te da miedo?”

Y a él le comenzó a entrar la duda y sintió miedo.

Y la vida, su vida, comenzó a ser feliz… y él cada día más infeliz, sentía un vacío, como que algo le faltaba.

Tenía salud, tenía claridad mental, tenía experiencia mucha experiencia, tenía sabiduría acumulada, pero aún así, sentía ese vacío, esa angustia de no saber qué pasa, la incertidumbre de “qué sigue”.

 

Y lo que le faltaba en su vida, era…Vida.

Nunca en su vida se había sentido así, sin vida.

 

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En el Reino de la muerte no hay feudales.

El día había terminado, las últimas luces escapaban por el inmenso horizonte de la gran ciudad, los obreros volvían a a sus hogares después de la rutinante tarea, los niños gastaban sus energías !!qué energías!! corriendo por aquí y por allá, las madres se metían a sus cocinas a preparar aromáticas cenas a la familia; los estudiantes universitarios caminaban por las calles con su futuro en las manos, al lado de la ciencia antigua; los coches se arremolinaban en las estrechas avenidas que un siglo antes habían servido para que las familias pasearan los domingos caminando y comentando los actos de los días anteriores, las secretarias –qué lindas secretarias — con sus monos uniformes llenaban las avenidas   engalanándolas y contando los chismes del día-oficina-máquina de escribir-jefe; las fábricas paraban momentáneamente su enajenación para dar tiempo a los overoles-almidón del segundo turno, tomaran su lugar en el engranaje, y el astro rey se ponía rojo de vergüenza y luego ocultaba su cara tras las montañas para dar paso a la blanca cara dela Diosa de la Noche, al tiempo que en la ciudad los focos de atención se encendían para alejar el innato temor del humano a permanecer en la oscuridad.

En la suntuosa oficina del piso más alto del edificio más grande de la ciudad, un suntuoso ejecutivo-panza Arrow-habano caro-pelo albo, ordenó a su secretaria: “Quiero el Mercedes aquí dentro de cinco minutos, y usted puede irse, si lo desea”. Un silencioso “Sí señor” se dejó escuchar por el aparato que establecía una comunicación no del todo deseable.

tres mil segundos después, el aparato aulló de nuevo para decir: “Señor, su Mercedes esta listo, ¿Desea algo más?” La respuesta fue muda, solo un zumbido se proyectó hasta el otro aparato.

El mercedes se abrió paso a fuerza de claxon por entre el tumulto de obreros y lindas secretarias que salían por la puerta comunal, la puerta que nunca vió pasar un panza-Arrow-boca de habano, sino solo uniformes-piernas lindas-pancita de faja-cabello shampoo y overoles-almidón-gorras sudor-manos curtidas-piel morena.

“¿A algún lugar en especial, señor?”. Tan sólo un ademán fue la respuesta. La gorra de chofer se volvió lentamente y siguió su camino por la estrecha avenida en la que caminaban sus compañeros quienes lo saludaban con la mano en alto, pero ruborizaban su cara al descubrir el habano que sobresalía por la ventanilla, y con gesto de sumisión, descubrían las líneas del suelo, las colillas, los papeles, los vasos, los insectos.

Dos ríos de autos más allá, la luz color de fuego hizo que el auto se detuviera, para que otro río de chatarra pasara despidiendo gases contaminantes.

“¡¡ Sigue zopenco!! No te detengas, llevo prisa” “pero señor, no pue…” “¡Que sigas te digo, a mi las luces rojas me la pelan…!” “Pero comprenda señor, no se puede, hacer eso sería como…” “¡Te ordeno que sigas  y debes seguir imbécil!!”

Margarita, Joaquín, Rubén, Lolita, Morales, Gonzalitos y “la ofrecida de compras” transformaban sus caras, ojos abiertos, bocas de incredulidad, llantos, gritos “Sí es él”, “No, traía otro traje” “El anillo de la mano derecha, es el de él” “llamen a la cruz roja” “Ayyy”.

Dos horas se tardaron en sacar al panza-Arrow-habano caro, dos horas inútiles porque la muerte se había adelantado hacía mucho y sin esfuerzo se lo llevó, sin sudar siquiera. Dos horas en que la gorra de chofer estuvo agonizando, para morir sin que nadie se percatara de ella.

 

Monterrey, N.L, marzo de 1979.